domingo, 17 de diciembre de 2017

SOÑAR LA MUERTE

SOÑAR LA MUERTE
Mario Angel Alonso

La tormenta había amenazado desde la mañana con descargar en el valle una nevada de antología, nubes negras y gordas se habían recostado en el oeste contra los cerros y ahí le aguantaban al viento que desde el Pacífico se filtraba por los cajones de Los Andes.
En las cordilleras del norte neuquino agosto se cuela por cada angostura, escarchando el aliento, torciendo voluntades. El frío vuelve más difícil cualquier tarea, sobre todo aquellas que se realizan en medio de la sierra, entre la tierra y Dios.
Luis había trabajado todo el día con ahínco, abriendo acequias para regadío cerca de la comunidad. Le estaba poniendo empeño a la changa porque no quería fallarle al compadre Elías que lo recomendara para el trabajo, pero la tarde estaba avanzada y hacía largo rato que la helada blanqueaba los valles y su lomo.
-          Es hora de dejar – masculló en voz baja
Apoyado en el cabo del picador se enderezó de a poco. La cintura crujió como un tronco viejo al quebrase.
Se echó atrás arqueando la cintura con una mueca de dolor y vio el cielo.
Arriba azul profundo oscureciéndose hacia el este, algunas estrellas tempranas asomaban en el horizonte del valle pedregoso. El viento perforaba el oeste fortificado de la cordillera andina agitando el negro capote de tormenta con que se cubría.
Juntó las herramientas y fue a dejarlas al reparo de una mata de molle, luego inició el regreso.
El descenso apurado y la satisfacción de haber concluido la tarea parecía abrigarlo. Sin advertirlo bajaba sonriendo, caminaba imaginando el abrigo del “Bar Obrero” donde seguro encontraría a Guillermo, el amigo que por aquella hora terminaba el turno en la mina.
Luis se figuró la cara de Guillermo; él también regresaba sonriendo.

Para Orlando y Daniel los días se prolongaban más de lo que correspondía a un ciclo invernal normal. Pasaban larguísimas horas durmiendo al abrigo de los cartones y chapas que amuradas con piedras completaban aquello que era su hogar. Se arreglaban siempre cerca del brasero acomodados sobre colchones viejos y algunos trapos. Los diarios que solían acopiar para hacerse de unos pesos, también servían para aislar el lecho de la tierra helada.
Ninguno de los dos sabía que aquellos sueños luengos les estaban abreviando la existencia; muchas veces la madrugada encontraba a uno y otro doblados por los espasmos cerca de la bomba de agua. El catarro se los generaba la mala combustión del carbón de madera en aquel brasero improvisado en un pedazo de caño traído por su padre del obrador abandonado por la empresa “Techint”, la que hiciera el oleoducto hasta Chile.
Daniel y Orlando eran hermanos; inseparablemente hermanados por la miseria y el abandono.
Daniel casi no recordaba el rostro de su madre y Orlando, el mayor había olvidado el sonido de aquella voz que alguna vez le cantó nanas.
Ella, la mamá, se llamaba Irene, y ninguno de los dos entendía porque con cada despertar acudía a sus memorias aquel nombre que aún sin rostro y sin voz extrañaban tanto.

Irene cargaba con toda la belleza de la que puedan alardear las hembras morenas nacidas en el corazón de América. Las hebras largas de su pelo negro, eternamente recogido en una cola de caballo incitaba a soñar su espalda.
De ojos pícaros y expresión angelical cautivaba la mirada de todos los hombres del pueblo que inútilmente pretendían reprimir el deseo de sus ojos que se iban de paseo montados en las nalgas ondulantes de la morocha cada vez que les pasaba cerca. Había torneado aquel cuerpo a fuerza de largas caminatas desde el pueblo hasta la chacra de sus padres.
Amada en sueños por muchos acabó conociendo precozmente las obligaciones de las mujeres campesinas, cuando a los veintitantos conoció a Juan Pedro Álvarez, el padre de Orlando y Daniel.
Los rigores del campo y las inclemencias de la cordillera habían hecho de Juan Pedro un hombre rudo que muchas veces adormecía su infortunio guerreándole a las botellas, ahogándose en alcohol hasta llegarles al fondo.
Era en esos días, cuando regresaba borracho a la casa y terminaba la jornada insultándola, a empujones y sopapos.
Una tarde otoñal Irene acarreó a rastras todas sus penas hasta lo alto del acantilado, y allí voló con el pasado hasta las piedras del fondo del despeñadero.
Aunque nadie lo advirtiese, junto con ella comenzó a morir Juan Pedro.
Un veinte de enero, para los festejos de San Sebastián, empachado de alcohol, en medio del tumulto de un juego de tabas, inició una pelea contra Ramón Pereyra un pardo ladino que ya se había cargado a un indio en las veranadas, cerca del Copahue.
Acabó como un bulto entre la multitud, atravesado el corazón por el cuchillo de Pereyra.

Orlando y Daniel nunca conocieron otra cosa que no sea la pobreza y el desamparo. Discriminados por venir de tan abajo se habían vuelto malos como bichos y cuando no dormían vagaban por las callejas buscando pleitos. Eran pendencieros y dos por tres se enredaban en alguna gresca.
Buenos para las trifulcas iban juntos siempre y salían gananciosos de los líos.
Aquella mañana despertaron tarde, comieron un poco de sardinas con cebollas y arrancaron para el boliche donde seguro les fiaban unos tragos. Ellos siempre le cumplían el pago a Don Esteban, el dueño del “Bar Obrero”, sabían que así siempre podrían matar la pena en aquel mostrador.
Arribaron al boliche y ocuparon una mesa donde les aguardaba un mazo de naipes. Jugaron un truco y entreveraron gritos y cervezas.

Guillermo recorrió la última pendiente hasta el bar al trote largo, atravesó la puerta de madera y buscó entre los presentes el rostro de su amigo; cuando estuvo seguro de su ausencia se arrimó al mostrador y pidió un vaso de vino tinto.
Esteban sirvió la copa en alerta por la gritería de los hermanos Álvarez, a quienes mandó callar.
-          ¡A ver si dejan de hacer kilombo que molestan a la gente! – ordenó
Daniel sintió correrle la adrenalina por cada vértebra, el alcohol lo condujo a la sensación de placer que solo experimentaba cuando venteaba una riña.
-          ¿Y a vos que te pasa?, ¿te molesta que la gente se divierta?-  gritó con los ojos encendidos.
Guillermo solo volteó a mirarlo por encima del hombro.
-          ¡A vos te hablo!, ¿sos sordo o tenés plata? – insistió
Le hablaba a Guillermo, sabía que ahí tenía esa noche una oportunidad de pelear. Jamás se meterían con Don Esteban, aunque la bronca venía por el reto.
El sonido de las patas de la silla arrastrada se confundió con el de la puerta de madera que se abría para dejarle paso a Luis que aún sonriente veía a su amigo derrumbarse bajo el peso del asiento con que el menor de los Álvarez lo golpeaba.
De un salto ganó el centro de la escena y con toda la potencia de su puño golpeó la nariz del agresor.
Daniel fue a dar la jeta contra el piso y se incorporó vacilante, tomándose el rostro sin comprender lo que le estaba pasando.
La reacción instantánea de Orlando dejó sin alternativas a Luis, que recibió todo el peso de una botella de cerveza a medio tomar y cayó rendido a los pies del atacante, casi sobre el cuerpo de Guillermo que yacía inmóvil.
Los dos Álvarez comenzaron a patear alternativamente la cabeza de ambos amigos.
Luis vio como Guillermo sangraba por la nariz y la boca. En su cabeza todo era silencio.
Los pocos parroquianos acostumbrados a las riñas de los hermanos se apartaron hacia el rincón más alejado, y Esteban corrió hasta la calle para llamar la atención de algún vigilante.
Jamás hubiese imaginado Luis que aquella noche acabaría echando mano al verijero, pero no tenía alternativas. De un momento a otro perdería el conocimiento y merced del vértigo de la situación solo imaginaba a su amigo muriendo en aquel bar mugriento.
Arrojó dos puntazos desde el piso a las pantorrillas de los buscapleitos que se apartaron unos centímetros riendo, borrachos de alcohol y fama pueril.
Bastó ese pequeño espacio para que Luis pudiera erguirse.
Dos puntazos alcanzaron el costado izquierdo de Daniel; uno en el antebrazo, el otro en el dorsal.
Orlando se abalanzó ciego de furia en el momento en que Luis giraba para recibirlo.
-          El cuchillo siempre a la altura de la pera m´hijo…- recordó a su abuelo Pedro
La punta del puñal cercenó la carne hundiéndose en el pecho, cortando la arteria intercostal y  partiendo el corazón palpitante.
Todo giraba en su cabeza que continuaba aturdida.
Instintivamente arrojó dos puntazos más que terminaron en el cuello de Orlando.
Orlando se escurrió por la cuesta de la vida sin conocer su final.
Alguien lo aferró por la espalda y alucinado de violencia intentó zafarse para seguir cortando.
Percibió que era su amigo quién lo sujetaba.
-          ¡Basta Luis! ¡basta! – gritaba Guillermo con la cara ensangrentada
Cedió al abrazo, bajó el cuchillo y se ahogó en llanto.
Miraba sus manos ensangrentadas y a ratos al joven desconocido que también lloraba abrazando al muerto.
Sin proponérselo corrió hacia la calle y arrojó el cuchillo en la acequia cercana, después se entregó a la policía.

Ahora, Luis escucha la sentencia sentado en el estrado, su vista encuentra la de Guillermo que observa sentado entre los curiosos.
No hay familiares de la víctima, tampoco su hermano menor.
-          El Tribunal va a dictar sentencia. El acusado tiene derecho de expresarse. ¿Desea decir algo? – manda el Juez con imperturbable cara de póker.
Luis se pone de pie, alcanza al Juez con la mirada. Sus ojos siguen húmedos desde aquella noche.
-          Señor Juez, cualquiera sea el fallo yo ya he sido condenado a soñar eternamente el rostro de aquel hombre que maté. –
-          Habiendo sido escuchadas las partes, analizada que fue la prueba obrante en autos, y de los testimonios recibidos, éste Tribunal encuentra a Luis José Martínez inocente de los cargos de homicidio en riña.
Luis despertó cada noche llorando rostros soñados, hasta el día en que murió.

A pesar de no haber trabajado nunca en minas de carbón, lo mató una neumoconiosis de los mineros del carbón, una enfermedad pulmonar causada por la inhalación prolongada de polvo de carbón y sílice.

Dicen que lo mató el abrigo del calor del brasero de su casa; yo sé que lo mató la pobreza.

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