miércoles, 10 de agosto de 2011

PARTIR


PARTIR
Mario Ángel Alonso

Ahí estaba sentado yo, justo detrás de mi cuerpo y un poco más allá la punta de mi nariz. 
En esas andaba cuando advertí mi aislamiento. 
La morada que antes ocupara no era otra cosa que un bulto imperfecto que olía a carne en mal estado. 
Fue entonces que decidí partir. 

martes, 9 de agosto de 2011

CUBA

CUBA
Mario Angel Alonso

Tan pequeña tú, ala libertaria
te alzas sobre los cielos de América
iluminando el camino.
Quién imaginaría 
que tu porte encandila al gigante.
Isla David vencedora del Goliat
que a tus espaldas conspira
sin entender que un pueblo revelado
jamás entregará su libertad,
sin antes ofrecer la vida. 

PADRE

PADRE
Mario Ángel Alonso

Tanteo a gatas el futuro sin lograr encontrar un atajo que sane por un momento la extensión de la herida que has dejado en mi costado.
Duele adentro y revuelve las tripas y no puedo encontrarte ni en mis sueños.
¿Adonde habrás ido amigo, compañero, padre?
Por que camino has tomado sin dejar siquiera un rastro por el cual correr a abrazarte.

viernes, 5 de agosto de 2011

Wecufé – El Cuero

Wecufé – El Cuero
Mario Angel Alonso

A veces vacunos, otras veces alguna punta de chivas, las más yeguarizos. Cada brote de verano, Segundo Pilquiñán Jara cruzaba la cordillera desde su San Carlos natal, hasta el pueblo de Varvarco, donde vivían sus parientes argentinos.
Por cuestiones del destino y de la historia, tanto a los Pilquiñanes, como a los Jaras, les había tocado nacer de un lado y otro de la Cordillera de Los Andes, y de acuerdo a la época en que los parían eran anotados en los registros civiles de Los Ángeles o Chos Malal, siempre algunos años después del acontecimiento.
La llamaban Claraluz Pilquiñán aunque el nombre que su madre eligió para ella había sido Ailíngun . 
Era tía de Segundo y lo esperaba con algunos animales para vender del otro lado de las montañas.
Claraluz cargaba sesenta y pico de años en sus espaldas, según el documento extendido por las autoridades argentinas, aunque su tallado rostro de color oscuro y su postura orgullosa la hacían parecer más joven.
Repartía el día entre sus chivas y el oficio heredado de su kudé papai ; Ailíngun era una machi de gran sabiduría y poder curativo. 
Fue seleccionada desde muy niña por su voluntad, carácter y coraje; su abuela se le reveló en un sueño transformada en águila y no pudo escapar a la larga y penosa iniciación que la conduciría a ocupar tal autoridad en la comunidad.

Bien entrada la tarde, Segundo encaró la última cuesta que daba al cajón, luego de recorrer la costa del Río Las Truchas.
Tras la empinada altura, explotó ante su mirada la extraordinaria hermosura de los bosques de roble y las lagunas encadenadas de Epú Lauquén . Una a una las fue nombrando en voz alta,
- Las Chaquiras, La Negra y las dos, Epulauquén. Son cuatro y no dos – pensó.
Bajó lentamente el bordo por el estrecho camino, abriéndose paso de a ratos a fuerza de machete. El alazán no le fallaba a la hora de caminar entre piedras y bosques, y éste era el cuarto viaje que hacían juntos.
Al orillar el último tramo del lago Las Chaquiras echó una mirada atrás para admirar el Cerro Crestón que se alzaba gallardo dominando aquel paisaje.
El día estaba calmo y gratamente templado, apenas una brisa movía el verde follaje de robles y ñires.
Un huet huet llamaba intensamente a su pareja justo al momento de pasar las piedras pintadas, a la altura de la Laguna Negra.
El cielo azul y la cordillera reflejados en el espejo oscuro del profundo estanque lo distraían del camino. Dirigió su mirada al norte, al lugar donde estaba la cascada y fue allí que alcanzó a verlo.
La visión duró un instante en el que acudieron a su memoria todas las noches de cuentos junto al fuego, en la casa con sus hermanos, cuando su padre, de quien heredara el oficio de arriero, les narraba la fabulosa leyenda mapuche del Wecufé .
Nomás caviló un segundo y Wecufé velozmente se arrastró hasta el agua y desapareció en la honda negritud.
Por instinto tiró de las riendas y el alazán se paró en las patas, un sentimiento de profundo terror se apoderó de su pecho y echó a galopar por la cuesta pendiente abajo, hasta acabar el descenso. 
Fue a parar al llano donde comienzan los primeros ñirantales que rodean Epulauquén, en ese lugar recobró en parte el aliento.
Los próximos veinte kilómetros fueron un tormento, no podía evitar repasar cada segundo la imagen de aquella criatura diabólica. 
La oscuridad lo alcanzó llegando a la confluencia de los ríos Nahueve y Buraleo, allí pasó la noche más aterradora de toda su vida. La cercanía del río y el batir de las piedras en las aguas donde habitaba El Cuero estimularon sus sueños. 
En ellos, Segundo se veía bajando a beber al borde de un lago oscuro, donde la bestial entidad lo sorprendía extendida como la piel de un vacuno. 
Era uno grande. 
En el borde de su cuerpo unos apéndices como garras o espinas filosas como garfios y cerca de la cabeza dos tentáculos terminaban en un par de ojos desorbitados de color rojizo.
El Cuero lo envolvía clavando las garras en su espalda, mientras lo arrastraba al fondo del lago para devorarlo consumiéndole completamente la sangre y el resto de sus fluidos vitales.
Un rayo de sol dio en medio de los ojos del arriero que despertó sofocado, con las manos tirando del nudo del pañuelo que llevaba al cuello. 
Sudaba copiosamente y el pavor le apretaba el pecho.
Con el corazón a punto de saltar del cuerpo Segundo Pilquiñán Jara descubrió que aquello solo había sido una pesadilla inspirada en la visión del Cuero, la tarde anterior.
Presuroso, sin calzarse las botas, juntó los enseres, ensilló el alazán y ató las chiguas al carguero. 
Terminó de vestirse vigilando por el rabillo al traslúcido Nahueve.
Montó y enfilo a paso largo dispuesto a cubrir los últimos cuarenta kilómetros de camino que lo separaban del puesto de Claraluz en el menor tiempo posible.

Claraluz lo esperaba desde hacía varios días.
Desde lejos distinguió la figura del alazán y de su sobrino.
Segundo la estrechó en un fuerte abrazo que hizo sonar los viejos huesos de la machi.
Ella le convidó pan y tortas fritas que había amasado sabiendo que vendría. 
Puso la pava en el brasero e inició una ronda de mates.
Inmediatamente le contó su experiencia del día anterior. 
Relató todo lo sucedido en su encuentro con Wecufé, agitado, con los ojos desorbitados, reviviendo cada momento, gesticulando con las manos y el cuerpo.
Ailíngun escuchaba atentamente el relato con la vista inmóvil en la mirada de su sobrino y asintiendo con la cabeza.
Cuando Segundo hubo acabado la narración, Claraluz, que ya había adivinado que algo anormal le había ocurrido, habló.
Con voz calmada dijo:.
- Hijo mío, tenemos que volver y matar esa criatura, de no, allí esperará todo el tiempo que haga falta hasta pillar a algún desprevenido. Entre tanto se alimentará de cualquier bicho que se arrime al agua. 
Hizo una pausa, arrancó con la mano un pedazo de pan de la hogaza y le sirvió un mate. Segundo la miraba al tiempo que pensaba en el anunciado encuentro. 
- Los Wekufes son entidades vivientes, materiales, que vienen del oeste, desde fuera del Mapu , del Minchenmapu . Nacieron para perturbar el equilibrio, no tienen ánima propia. Para poder matarlo necesito ir a esa laguna, atraerlo hasta la orilla con mis poderes; debo engañarlo, confundirlo tirándole algunas ramas de alpataco, Wecufé creerá que es una presa y al apretar envolviendo, las espinas de alpataco se enterrarán en su cuerpo desgarrándolo hasta que muera.
Hacía tiempo que no se realizaba la ceremonia del Nguillatún en Epulauquén. El sitio, desbordante de natural belleza, había sido poseído por el poder oscuro de los Calcus .
Ailíngun o Claraluz, como quieran recordarla, mató al Cuero Wecufé y ese mismo verano convocó a todas las comunidades del norte de Neuquén a una rogativa.
Desde entonces quienes durante los veranos acuden a refrescarse en las aguas de las lagunas pueden bañarse en paz.

PRIMERA VISITA

PRIMERA VISITA 
Mario Angel Alonso 




El agua no llevaba ese nombre, y las gaviotas eran tungkó.

Parado frente al mar observaba esos seres alados que llegaban a la orilla junto a la luz e imaginaba su propio arribo al borde por el que trepaba el sol, Antkukó.
Siempre soñaba con llegar al otro lado y asomarse a ver que ocurría en aquellas otras tierras quiméricas.
Setiembre aún no era setiembre cuarenta mil años atrás y aquel homínido ya había atravesado caudalosos ríos y profundos lagos montado a un tronco muerto; pero esa inmensidad líquida y salada de la que brotaba la luz, ocupaba sus fantasías, lo desvelaba  y llenaba su cerebro de imágenes fabulosas.
Intuía un largo viaje; ya no podía confiar en el viejo madero.
Puso manos a la obra solitario frente a la mirada desconcertada de sus compañeros de tribu.
Cortó juncos y enredaderas, juntó maderos que habían sido derribados por un rayo unos días atrás.
El viejo tallo que lo acompañara en periplos anteriores fue quilla y base fundamental de aquella primera embarcación tantas veces ensayada en  pinturas y garabatos.
Después de un tiempo cobró forma una suerte de arca con estructura tejida, una vela cuadra y una cubierta de cuero que lo resguardaría de vientos y lluvias.
Juntó las herramientas que le acompañarían en el viaje, una lanza y su cuchilla de obsidiana, seis anzuelos de hueso, varios metros de tendones y nervios tejidos, tres odres grandes de agua de la que viajaba desde la montaña para llenar el mar, más bejucos trenzados y el tambor de caña y cuero fino que le ayudaría a soportar la travesía.
Pasó esa noche en vela, excitado, esperando las primeras señales de que Antkukó comenzaba su ascenso.
Sin mapas ni brújulas, sonriendo, echó la barca al mar.
Los otros lo llamaban Congkó y se arrimaron a la playa a mirarlo, esperando que algún arrebato marino lo hundiera para siempre.
Congkó no sabía el nombre del mes que transcurría; solo que ese era el tiempo propicio para lanzarse aguas adentro.
Zarpó de Australia y llegó a Madagascar y sin advertirlo fue el primer navegante solitario de ultramar y  el primero en visitar la cuarta isla más grande del mundo.
Hace tres días en las arenas de las playas de Sambava, a orillas del océano Indico, el arqueólogo Michael Heckenberger comenzó el rescate de una antigua barca de mimbre, maderas y cuero.
Un cuchillo y una punta de obsidiana lo orientan acerca de la procedencia del hallazgo.
Cerca de cuarenta mil años atrás un navegante surcó la mar desde alguna tierra lejana; no hay obsidianas en Madagascar.
Michael observa los anzuelos rudimentarios e  imagina el rostro de Congkó.

jueves, 28 de julio de 2011

ME VI


"La textura del futuro está hecha de niños"
   Como cuando niño espiaba tras la puerta la actividad de mi madre y abuela en la cocina. Con la misma ingenuidad con que imaginaba sorprenderlas y asustarlas, así estuve hace rato acechándome a través de la oscura oquedad de una ventana vacía.
   Fijé la mirada un buen rato en el negro agujero del marco ya sin cristales, concentrado en no descubrirme desde aquel lado.
   Ahí estaba. Travieso me divertía sonriendo. Libre, ensayando algún juego de la infancia.
   No sé si estaba ahí, o si imaginaba verme.
   Hace tiempo no me distinguía en ese marco vacío. Ya casi lo olvidaba.
   Hoy, descendí peldaño a peldaño escaleras abajo.
   Por un momento inasible rodé atravesando ciclos, temporadas y años.
   Duró un lapso sutil; retornó la inocencia. Fui feliz.
Mario A. Alonso

martes, 26 de julio de 2011

Conjuro de las tormentas

   "El conjuro de las tormentas guarda un vago  secreto de ternura"
  Cómo se amaron la tierra y la lluvia cuando se vieron por primera vez, a pleno sol, una cálida tarde de un verano pretérito. 
  Así anduvieron cortejándose largo tiempo, hasta un día que la lluvia cansada de ver a la tierra reseca se llegó hasta ella, y ésta la tragó. 
   Hay los que dicen que la lluvia invadió a la tierra con cada una de sus gotas, y le llenó el alma de enormes lagos internos que desde entonces le duelen las entrañas. 
   Yo no lo sé.
   No lo saben la tierra, ni la lluvia.
  Ellas siguen amándose, deseándose; la una debajo de la otra, dentro de la otra, encima de la otra. 
   Desde entonces, el sol se encarga de quitar una a una las gotitas atrapadas en la humedad del suelo para llevarla nuevamente hasta las nubes. 
   Como antes, en medio del sol, lluvia y tierra se miran, seducen y añoran juntarse. 
   Cuando esto pasa, habitualmente, también pasa una tormenta con rayos y truenos.
Mario A. Alonso
26 de julio de 2011

domingo, 24 de julio de 2011

Salvador Allende: suicida no, héroe

En las dramáticas circunstancias en las que cayó combatiendo el primer presidente socialista electo en América Latina, determinar quien tiró del gatillo no hará diferencia alguna ni cambiará la historia: Allende es un mártir.

Jorge Gómez Barata / Argenpress.info

Aunque en el léxico forense sea técnicamente correcto; ofrendar la vida por una causa en la que se cree desde la perspectiva inteligente del luchador social, es un acto de tal grandeza que reducirlo al suicidio, es no sólo inexacto sino mezquino. Salvador Allende es un héroe, un paradigma del ser humano capaz de asumir la muerte como un servicio y entregar la vida para plantar una semilla y levantar una bandera.

En las dramáticas circunstancias en las que cayó combatiendo el primer presidente socialista electo en América Latina, determinar quien tiró del gatillo no hará diferencia alguna ni cambiará la historia: Allende es un mártir y tanto los autores intelectuales que desde Washington dieron la luz verde al golpe como sus ejecutores materiales, los fascistas al mando de Augusto Pinochet, fueron sus verdugos. Ningún tecnicismo cambiará la historia.

Tal vez inmolación sea una expresión más apropiada, aunque todavía sin la fuerza de convicción y la plasticidad necesaria para expresar la dimensión humana, el dolor de aquella acción y el alcance de una tragedia semejante. En este caso decir que no existen palabras para describir el gesto es literalmente cierto. Quizás un poeta con las luces de Silvio Rodríguez que fue capaz de encontrar los giros necesarios para reivindicar la necedad hasta hacerla heroica, encuentre la metáfora apropiada.

Empujado a una situación extrema en la cual entregarse sería humillar una causa, faltar a la palabra empeñada ante el pueblo y la Patria y de cierta manera admitir que la brutalidad y el fascismo podían prevalecer por sobre el líder al que el pueblo había confiado su destino, Salvador Allende, un hombre inteligente y bueno, prefirió negarles la razón. Su muerte puede haber sido la primera victoria de la resistencia.

Obviamente los fascistas hubieran preferido no tener que bombardear La Moneda ni matar al presidente, para ellos hubiera sido más rentable atraparlo y desmoralizarlo exhibiéndolo en la derrota. Con su muerte Salvador Allende frustró el plan y sumó su vida al baldón que las hordas fascistas echaron sobre sí mismas al faltar al juramento de fidelidad a la Constitución.

Salvador Allende facilitó las cosas para que fuera la historia y no el fascismo quien lo juzgara. Eso es exactamente lo que ocurrirá cuando el pueblo chileno transite por aquellas “grandes alamedas” que él avizoró como parte de un brillante porvenir. No es la forma de su muerte sino el contenido de subida lo que confiere la inmortalidad de que disfruta para siempre en el más allá de los pueblos.

Allá nos vemos.


http://connuestraamerica.blogspot.com/2011/07/salvador-allende-suicida-no-heroe.html

viernes, 22 de julio de 2011

ESPEJOS


Pensé que podría escribir.
Venía de mirarme en los espejos de una vida.

La imagen fue fuerte, se comió las palabras
una por una, amor, tierra, paz, pasión, nubes, cielo, sol, cordillera, nieve, beso, caricia, piel, miedo… miedo…

Todas se fueron devoradas por la mirada de cristal que reflejaba mi imagen difusa.

Miedo.

Pensé que podría escribir nube, cielo, pasión, mirada, beso, 
pero las palabras fueron solo gramática, lengua; un sin sentido colmado de sensaciones mezcladas.
MARIO A. ALONSO

domingo, 10 de julio de 2011

Canción de invierno - Silvio Rodriguez


Canción de invierno


Es día de frío y llegas a casa
vienes de la tarde cansada de un jueves
los muebles tu perro y millones de ojos
están como siempre esperando tu vuelta
en la que presientes que nada ha cambiado
te espera lo mismo, el sueño a pasado.

Recoges tu pelo tan libre en la tarde
quizás porque alguien nunca lo vio preso
te sientas y cenas y todas las culpas
te dan con un peso mayor que tus fuerzas
y pugnan tus ojos y esta tarde loca
hasta que eres débil y tapas tu boca

Cuando todo pasa te crees segura
mientras con tus horas revuelves cenizas
presientes muy dentro pasiones prohibidas
no importa mentirse para ser felices
hasta que un deseo se meta en tu lecho
mas ¿qué estás pensando? te tapas el pecho.

Pero necesitas quedar bien con todo
todo que no sea bien contigo misma
la angustia es el precio de ser uno mismo
mejor ser felices como nuestros padres
y hacer de la lástima amores eternos
hasta que a la larga te tape el invierno.