miércoles, 10 de abril de 2013

Fragmento del libro "Los Cantos de Maldoror" por el Conde de Lautréamont

CANTO SEGUNDO (Fragmento)
Isidore Ducasse (Montevideo 4 de abril1846 - 24 de noviembre en Montmartre, París)




De pie sobre la roca, mientras el huracán azotaba mis cabellos y mi manto, yo expiaba extasiado esa fuerza de la tempestad, encarnizándose con un navío, bajo un cielo sin estrellas. Seguí, con actitud triunfante, todas las peripecias de ese drama, desde el instante en que el barco echó anclas hasta el instante en que se hundió, hábito fatal que arrastró hacia las entrañas del mar a todos aquellos a quienes revestía como un manto. Pero se acercaba el instante en que yo mismo tenía que mezclarme como actor en aquellas escenas de la naturaleza trastornada. Cuando el lugar donde el barco había sostenido el combate mostró claramente que éste había ido a pasar el resto de sus días en el piso bajo del mar, entonces, una parte de los que habían sido arrastrados por las olas reaparecieron en la superficie. Disputaban cuerpo a cuerpo, dos a dos, tres a tres; era el medio de no salvar su vi-da, pues sus movimientos se hacían embarazosos y se iban al fondo como cántaros agujereados... ¿Qué es ese ejército de monstruos marinos que hiende las olas raudamente? Son seis, sus aletas son vigorosas, y se abren paso a través de las olas embravecidas. Con todos esos seres humanos, que mueven los cuatro miembros de ese continente tan poco estable, los tiburones hacen muy pronto una tortilla sin huevos, y se la reparten de acuerdo con la ley del más fuerte. La sangre se mezcla con las aguas y las aguas se mezclan con la sangre. Sus ojos feroces iluminan suficientemente el escenario de la carnicería... Pero, ¿qué es ese tumulto de las aguas, allá lejos, en el horizonte? Se diría una tromba que se acerca. ¡Qué golpes de remo! Percibo lo que es: una enorme hembra de tiburones que viene a tomar parte del pastel de hígado de pato y a comer el cocido frío. Llega furiosa, pues está hambrienta. Se entabla una lucha entre ella y los tiburones entonces, se disputan algunos miembros palpitantes que flotan por aquí y por allá, en silencio, sobre la superficie de la crema roja. A derecha e izquierda, lanza dentelladas que producen heridas mortales. Pero tres tiburones vivos le rodean y ella se ve obligada a girar en todos los sentidos para hacer fracasar su maniobra. Con creciente emoción, hasta entonces desconocida, el espectador, situado en la orilla, sigue esa batalla naval de nuevo género. Tiene la mirada clavada sobre esa valerosa hembra de tiburón, de dientes tan fuertes. No vacila más, se echa la escopeta al hombro, y, con su habitual destreza, aloja la segunda bala en las agallas de un tiburón, en el momento en que se mostraba por encima de una ola. Quedan dos tiburones que dan testimonio de un encarnizamiento mayor. Desde lo alto de la roca, el hombre de la saliva salobre se arroja al mar y nada hacia la alfombra agradablemente coloreada, sosteniendo en la mano ese cuchillo de acero que no le abandona jamás. Desde ahora, cada tiburón tiene que habérselas con un enemigo. Avanza hacia su adversario cansado, y, sin apresurarse, le hunde en el vientre la afilada hoja. La móvil ciudadela se desembaraza fácilmente del último adversario... Se encuentran cara a cara el nadador y la hembra del tiburón salvada por él. Se miran a los ojos durante unos minutos, y cada uno se asombra de encontrar tanta ferocidad en la mirada del otro. Dan vueltas en redondo nadando, sin perderse de vista, diciéndose para sí: «He estado engañado hasta ahora; he aquí uno que me gana en maldad». Entonces, de común acuerdo, entre dos aguas, se deslizaron uno hacia el otro, con mucha admiración, la hembra de tiburón separando las aguas con sus aletas, Maldoror agitando las olas con sús brazos, y retuvieron su aliento con una veneración profunda, cada uno deseoso de contemplar, por primera vez, su vivo retrato. Cuando estaban a tres metros de distancia, súbitamente, cayeron el uno sobre el otro, como dos amantes, y se abrazaron con dignidad y reconocimiento, un abrazo tan tierno como el de un hermano o una hermana. Los deseos carnales siguieron de cerca a esa demostración de amistad. Dos muslos nerviosos se unieron estrechamente a la piel viscosa del monstruo como dos sanguijuelas, y con los brazos y las aletas entrelazadas alrededor del cuerpo del objeto amado, al que rodeaban con amor, mientras sus gargantas y sus pechos no formaban más que una masa glauca con las exhalaciones de las algas, en medio de la tempestad que continuaba haciendo estragos, a la luz de los relámpagos, teniendo por lecho nupcial las olas espumosas, llevados por una corriente submarina como en una cuna, y rodando sobre sí mismos hacia las profundidades desconocidas del abismo, ¡se unieron en una cópula larga, casta y horrible!... ¡Por fin acababa de encontrar a alguien que se asemejara!

¡Desde ahora ya no estaría solo en la vida!... ¡Ella tenía las mismas ideas que yo!... ¡Estaba frente a mi primer amor!


FRAGMENTO DE “Les chants du Maldoror” Par le Comte de Lautréamont

jueves, 7 de marzo de 2013

ENVIDIA



ENVIDIA
Mario A. Alonso

Ingrata detestas la luz
que te alumbra y te calienta
abandona esa vida aburrida
no le hagas caso a tus miedos,
vas a perder la sombra y la virtud.

Ahora que muerdes y no comes
voy a castigarte haciéndote el bien.
Amarilla de envidia te desprestigias
vos que sentiste el poder,
la telepatía y la puta magia.

Tu rencor muestra tu desdicha
Si quieres lo que yo disfruto
no tengas celos, estas aburriéndote
escribiendo mensajes privados
detestando la luz que te alumbra y te calienta

Ahora que muerdes y no comes
voy a castigarte haciéndote el bien.
Amarilla de envidia te desprestigias
vos que sentiste el poder,
la telepatía y la puta magia.

lunes, 4 de marzo de 2013

CANIBALES



CANIBALES
Mario A. Alonso

Después de caminar juntos, de luchar y entregarse el uno por el otro en la eterna pelea con los enemigos mutuos, ellos empezaron poco a poco a devorarse, a arrancarse la carne a dentelladas.
Fue la cruel expresión, la más bestial, de un canibalismo, estimulado solo por la ambición y la codicia individual con miras a conquistar algún sitio en el poder que les permitiese prolongar su estéril carrera.
Algunos de los otros, los que los rodeaban imitaron la sangría, ellos también estaban cómodos devorándose.
Yo preferí rechazarlos y transitar otra senda, mi estómago no resistió la cruenta imagen.
Al final todos morimos.

jueves, 28 de febrero de 2013

ADIOS REPETIDO



ADIOS REPETIDO
Mario A. Alonso

En horas de la plegaria
pactan fieles la música y la tarde
el brillo mortecino encarnado, tinto
la melodía azul inaccesible, sofocada,
arrebatan la conciencia desgarrando corazones.
¿Acaso has vuelto?
De tu horizonte líquido nada queda,
tampoco vuelan más los pájaros tu cielo
y el calor que precedía la tormenta
hoy es frío de invierno.
Adiós repetido, machacado
¿Acaso has vuelto?
Es hora de la plegaria
y la indulgencia.

miércoles, 27 de febrero de 2013

LITURGIA SANA DE DOMINGO



LITURGIA SANA DE DOMINGO
Mario A. Alonso

El serrucho ha dejado de serlo para convertirse en un pez de carne compacta y acerada, con afilados dientes que amagan clavarse en la naranja que llevo por corazón.
Más no me amilano y extraigo de entre ceja y ceja un reluciente pétalo de narciso que va a hundirse en su único ojo ciego.
Sangra chorreando colores brillantes en el penúltimo estribo de la estantería.
Ahora se retuerce y el ruido desafinado de su larga espina lastima la nariz que a gotas llora la escasez de colores.
Es el final, moribundo se arrastra, la oreja rota y el óxido no hacen juego con la alegría.

ODA DE LA MELANCOLÍA



ODA DE LA MELANCOLÍA
Mario A. Alonso

Una feroz dentellada en el vientre advierte el frío que llegará por oriente a importunar a los amantes imperfectos, entonces, irremediablemente, ellos bucearán en la profundidad de una pupila hasta ahogarse en esas lágrimas, o en las propias.
Cayendo la tarde encenderá el cielo su policroma fiesta que ayuda a los sobrevivientes en el trágico intento de escoltar el viaje de aquellos desdichados.
Algunos emprenderán satisfechos el vuelo eterno, otros brindarán por esos abandonos.
Con la aurora descansará mi cuerpo al borde del marco de alguna de las ventanas, extraviada la mirada en el horizonte mustio.


martes, 19 de febrero de 2013

PROPONGO



PROPONGO

Mi cariño insolente,
mi amor sin contornos,
una pasión inagotable.
Mis dedos en la espalda,
mi costilla ausente,
mi total.
Renovadas caricias ardientes
besos y labios húmedos.
Mis trayectos,
mi tiempo
mi locura.
Mis secretos a voces,
mi cuerpo oculto,
mi ternura.
Te he invitado a una fiesta,
una en cada encuentro.
A enredarnos las almas,
a derrochar el ánimo,
a quedar sin aliento.
Acuso recibo de tu esquela,
que a vuelta de correo
insensata reclama;
usuales desayunos,
coincidencias calcadas,
roces sin sabor,
sábanas de rutina;
y todo el lío común
que a todo amor
acompaña a la ruina.

sábado, 15 de diciembre de 2012

CIELOS DE CHOS MALAL

El norte neuquino tiene esas cosas; por un lado te tira un viento en algunas épocas que dan ganas de tomárselas, pero como contrapartida te regala estos cielos de atardecer, tan únicos que dan ganas de no irse nunca mas.




















miércoles, 24 de octubre de 2012

SOLO

SOLO
Mario A. Alonso

Solo, compañero del desierto 
de tanta soledad es yermo.
Vaciado de caricias, 

huraño pasajero 
de noches huecas. 
Apura el trago 
que quema en la garganta 
acompaña el pulso 
el que solo espera. 
Marginal, 
al margen de la vida 
amontona desapegos, 
aguarda la señal 
que muestre un hecho.

miércoles, 17 de octubre de 2012

REMOLINOS



REMOLINOS
Mario A. Alonso

Anduvo dando vueltas la maleta,
a ver si encontraba reatazos de la historia
que dejara aquella tarde en la vereda.
¡La pucha el pueblo,
    el barrio,
       las casas,
            los rincones...!,
¡claro que tienen alma!,
es de lo que uno se enamora
y ya no pasa.
Anduvo dando vueltas la maleta,
a ver si encontraba los retazos de historia
que dejara aquella tarde en la vereda,
y no las hallaba.
Hubo trajinado hasta el borde los ojales.
Llegado al fondo mismo
de su extensa negrura
los poros de la tela,
y nada que aparezcan.
De haber sabido antes,
le hubiese cambiado
al plátano,
esa parte del tallo
que tocara su espalda sudada,
por dos bolitas.
Al patio de baldosas de la casa vieja,
el puro pedacito
donde quedó la sangre
de unas rodillas mozas.
Tuviese que haber trocado
a la cocina,
el olor a la comida de la abuela,
por las figuritas
y a las habitaciones,
el perfume de ella,
el de la madre y el del padre jóvenes,
por la gomera.
Voló la luciérnaga.
Los bolsillos florecieron
su forro de estrellas
dados vuelta,
y no están.
¿las ha perdido?
¿o se las alcanzó el olvido?,
el que al despertar
dejó en la almohada
por descuido.
Ha dado vueltas la maleta
buscando los retazos de historia
que dejara aquella tarde en la vereda
y los ha hallado
colgando del filoso diente
que muerde en la memoria.