miércoles, 23 de febrero de 2011

NO HAY OTRA ALTERNATIVA QUE EL SOCIALISMO

NO HAY OTRA ALTERNATIVA QUE EL SOCIALISMO
El teólogo ecologista brasileño Leonardo Boff habla en esta entrevista de las contradicciones de los gobiernos progresistas en América Latina, y señala que “es importante que los movimientos sociales populares, que tienen una alternativa, una visión humanista, espiritual, de respeto por las personas, se transformen en un grito de protesta, una resistencia y que no acepten las soluciones que les den”.

Palabras pronunciadas el 22 de febrero de 2011, en la ceremonia de entrega de la Medalla 1808, que el jefe de Gobierno de la ciudad de México, Marcelo Ebrard, otorgó al escritor Eduardo Galeano

La independencia es otro nombre de la dignidad
Eduardo Galeano
Q
uiero dedicar este homenaje a la memoria viva de dos Carlos: Carlos Lenkersdorf y Carlos Monsiváis, amigos muy queridos que ya no están, pero siguen estando.
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Y empiezo por decir gracias: Gracias, Marcelo, por este regalo, esta alegría. Te digo gracias en nombre propio y también en nombre de los muchos sureños que jamás olvidarán su gratitud a México, el país de su exilio, refugio de perseguidos en los años de mugre y miedo de nuestras dictaduras militares.
Y quiero subrayar que México merece, por eso y por muchos otros motivos, toda nuestra solidaridad, ahora que esta tierra entrañable está siendo víctima de la hipocresía del narcosistema universal, donde unos ponen la nariz y otros ponen los muertos, y unos declaran la guerra y otros reciben los tiros.
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Este acto generoso me honra por venir de quien viene. La ciudad de México está a la vanguardia en la lucha por los derechos humanos, en un amplio abanico que va desde la diversidad sexual hasta el derecho a respirar, que ya parecía perdido.
Y mucho me honra recibir esta ofrenda, porque mucho tiene de desafío: en nuestros países la independencia plena es todavía, en gran medida, una tarea por hacer, que nos convoca cada día.
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En la ciudad de Quito, al día siguiente de la independencia, una mano anónima escribió en una pared: Último día del despotismo y primero de lo mismo.
Y en Bogotá, poco después, Antonio Nariño advertía que el alzamiento patriótico se estaba convirtiendo en baile de máscaras, y que la independencia estaba en manos de caballeros de mucho almidón y mucho botón, y escribía: Hemos mudado de amos.
Y el chileno Santiago Arcos comprobaba, desde la cárcel:
–Los pobres han gozado de la gloriosa independencia tanto como los caballos que en Chacabuco y Maipú cargaron contra las tropas del rey.
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Todas nuestras naciones nacieron mentidas. La independencia renegó de quienes, peleando por ella, se habían jugado la vida; y las mujeres, los analfabetos, los pobres, los indios y los negros no fueron invitados a la fiesta. Aconsejo echar un vistazo a nuestras primeras Constituciones, que dieron prestigio legal a esa mutilación. Las Cartas Magnas otorgaron el derecho de ciudadanía a los pocos que podían comprarlo. Los demás, y las demás, siguieron siendo invisibles.
***
Simón Rodríguez tenía fama de loco, y así lo llamaban: El loco. Decía locuras, como éstas:
–Somos independientes, pero no somos libres. La sabiduría de Europa y la prosperidad de los Estados Unidos son, en nuestra América, dos enemigos de la libertad de pensar. Nuestra América no debe imitar servilmente, sino ser original.
Y también:
–Enseñemos a los niños a ser preguntones, para que se acostumbren a obedecer a la razón: no a la autoridad como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos. Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra.
Don Simón decía locuras, y hacía locuras. Allá por mil ochocientos veinte y pico, sus escuelas mezclaban a los niños y a las niñas, a los pobres y a los ricos, a los indios y a los blancos, y también unían la cabeza y las manos, porque enseñaban a leer y a sumar, y también a trabajar la madera y la tierra. En sus aulas no se escuchaban los latines de sacristía y se desafiaba la tradición del desprecio por el trabajo manual. Poco duró la experiencia. Un clamor de indignadas voces exigía la expulsión de este sátiro que ha venido a corromper a la juventud, y el mariscal Sucre, presidente del país que ahora llamamos Bolivia, le exigió la renuncia.
A partir de entonces, anduvo a lomo de mula, peregrinando por las costas del Pacífico y las montañas de los Andes, fundando escuelas y formulando preguntas insoportables a los nuevos dueños del poder:
–Ustedes, que imitan todo lo que viene de Europa y de los Estados Unidos, ¿por qué no les imitan la originalidad, que es lo más importante?
Este viejo vagabundo, calvo, feo y barrigón, el más audaz y el más querible de los pensadores de América, estaba cada día más solo, y solo murió.
A los ochenta años, escribió:
–Yo quise hacer de la tierra un paraíso para todos. La hice un infierno para mí.
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Simón Rodríguez fue un perdedor. Según la escala de valores de este mundo, que sacraliza el éxito y no perdona el fracaso, los hombres como él no merecen memoria.
Pero, ¿acaso no está vivo don Simón en la energía de dignidad que hoy recorre nuestra América de norte a sur? ¿Cuántos hablan por su boca, aunque no lo sepan, como hablaba en prosa aquel personaje de Molière que no sabía que hablaba en prosa?
¿Acaso don Simón no nos sigue enseñando, un siglo y medio después de su muerte, que la independencia es otro nombre de la dignidad? Es verdad que todavía pesa, y mucho, la herencia colonial, que aplaude la copia y maldice la creación y admira, como denunciaba don Simón, las virtudes del mono y del papagayo. Pero también es verdad que son cada vez más los jóvenes que sienten que el miedo es una cárcel humillante y aburrida, y libremente se atreven a pensar con sus propias cabezas, sentir con sus propios corazones y caminar con sus propias piernas.
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Yo no creo en Dios, pero sí creo en el humano milagro de la resurrección. Porque quizás se equivocaban aquellos dolientes que se negaban a creer en la muerte de Emiliano Zapata, y creían que se había marchado a Arabia en un caballo blanco, pero sólo se equivocaban en el mapa. Porque a la vista está que Zapata sigue vivo, aunque no tan lejos, no en las arenas de Oriente: él anda cabalgando por aquí, aquí cerquita nomás, queriendo justicia y haciéndola.
Y fíjense ustedes lo que ha ocurrido con otro perdedor, José Artigas, el hombre que hizo la primera reforma agraria de América, antes que Lincoln y antes que Zapata.
Hace casi dos siglos, él fue vencido y condenado a la soledad y al exilio. En años recientes, la dictadura militar del Uruguay le erigió un ampuloso mausoleo, queriendo encerrarlo en cárcel de mármol. Pero cuando la dictadura intentó decorar el monumento con algunas de sus frases, no encontró ninguna que no fuera subversiva. Ahora el mausoleo tiene fechas y nombres de batallas, y ninguna frase. Involuntario homenaje, involuntaria confesión: Artigas no es mudo, Artigas sigue siendo peligroso.
Cosa curiosa: con tantos vivos que hablan sin decir, en nuestras tierras hay muertos que dicen callando.
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Bienaventurados sean los perdedores, porque ellos cometieron la insolencia de amar a su tierra, y por ella se jugaron la vida. Pero está visto que el patriotismo es el honorable privilegio de los países dominantes: sólo los que mandan tienen el derecho de ser patriotas. En cambio, los países dominados, condenados a obediencia perpetua, no pueden ejercer el patriotismo, so pena de ser llamados populistas, demagogos, delirantes: nuestro patriotismo se considera una peste, peste peligrosa, y los amos del mundo, que nos toman examen de Democracia, tienen la mala costumbre de conjurar esta amenaza a sangre y fuego.
Bienaventurados sean los perdedores, porque ellos se negaron a repetir la historia y quisieron cambiarla.
Bienaventurados sean los perdedores, y malditos sean quienes confunden el mundo con una pista de carreras y lanzados a las cumbres del éxito trepan lamiendo hacia arriba y escupiendo hacia abajo.
Bienaventurados sean los indignados, y malditos sean los indignos.
Maldita sea la exitosa dictadura del miedo, que nos obliga a creer que la realidad es intocable y que la solidaridad es una enfermedad mortal, porque el prójimo es siempre una amenaza y nunca una promesa.
Bienaventurado sea el abrazo, y maldito sea el codazo.
***
Sí, pero… Cuántos perdedores, ¿no?
Cuando algún periodista me pregunta si soy optimista, yo contesto, sinceramente:
–A veces. Depende de la hora.
Siempre me parecieron más bien inhumanos los optimistas full time.
Creo que el desaliento es un derecho humano, y de algún modo es también la prueba de que somos humanos, porque no sufriríamos el desaliento si no tuviéramos aliento.
Hay que reconocer que no es muy alentadora la realidad, que tiene la jodida costumbre de recompensar a los exprimidores del prójimo y a los exterminadores de la tierra, el agua y el aire. Y en cambio, las más apasionantes aventuras de transformación de la realidad suelen quedarse a mitad de camino, o se extravían y se pierden, y muchas veces terminan mal.
Hay que reconocerlo, digo, pero también cabe preguntar: Cuando esas lindas experiencias colectivas terminan mal, ¿de veras terminan? ¿No hay nada que hacer, sólo nos queda resignarnos y aceptar el mundo tal cual es, como si fuera destino? Hace pocos años, se puso de moda la teoría del fin de la historia. Más de uno se tragó ese sapo, a pesar de que el sentido común nos demuestra, con poderosa sencillez, que la historia nace de nuevo cada mañana.
Lo mejor de este asunto de vivir está en la capacidad de sorpresa que la vida tiene. ¿Quién podía presentir que los países árabes iban a vivir este huracán de libertad que están ahora viviendo? ¿Quién iba a creer que la plaza de Tahrir iba a dar al mundo esta lección de democracia? ¿Quién iba a creer lo que ahora puede creer ese muchachito plantado en la plaza durante días y noches, cuando dice: Nadie nos va a mentir nunca más?
Al fin y al cabo, cuando la historia dice adiós, o eso parece decir, ella nos está diciendo, o al menos murmurando: hasta luego, hasta lueguito, nos estamos viendo.
Y yo me despido de ustedes, ahora, que ya es hora, como la historia me enseñó, diciéndoles gracias, diciéndoles: hasta luego, hasta lueguito, nos estamos viendo.
* Palabras pronunciadas el 22 de febrero de 2011, en la ceremonia de entrega de la Medalla 1808, que el jefe de Gobierno de la ciudad de México, Marcelo Ebrard, otorgó al escritor Eduardo Galeano

martes, 22 de febrero de 2011

A CARLOS, EL COMPAÑERO

Un compañero pinta la tierra,
el cuerpo se vuelve tinta,
tinta la sangre,
tinta o tiza la sangre.

Ofrece la tinta,
o la sangre,
ofrece la tiza y la tinta;
enseña revuelto de dolor.

Allá ríe la mueca asesina,
enseña a matar el inculto.
Sin sangre, sin tizas ni tinta.
Va a pagar caro esa mueca.

Muchos volamos junto al compañero,
vueltos sangre, rabia y odio...
Vueltos tinta o tiza nos remontamos,
marchamos junto a él que pinta la tierra.

Dicen unos por ahí que somos malos,
dicen otros por allá que no tanto,
y otros dicen que no,
que no somos nada.

Nosotros decimos que de beber violencia
quedamos violentos, intransigentes,
y en busca de Justicia seremos siniestros, infernales...
...o no seremos nada.

MARIO ANGEL ALONSO

GARÚA

 Inspira la lluvia,
la que golpea inclemente y tenaz.
Las chapas son el alma.
Dos gotas de gotera caen,
vienen del cielo,
despabilan tu recuerdo.
Te encuentro lejana,
perdida en el temporal de vida,
y necesito que escampe para encontrarte.
Dos gotas de lluvia me inspiran,
arrasan nostalgia
y tu recuerdo.
MARIO A. ALONSO

lunes, 21 de febrero de 2011

EL MONO

 El Mono se rasca el pescuezo,
arrastra resaca y sueña arañas.
Responde al timbre sin rodeos, casi muerto,
pero está viviendo, respira puro aire.
A dos pasos del catre despierta contra el vidrio,
sufre el roce interno, traga amargura
y sale a ver el sol que ya no está.

Autopista gris dura y calcinada,
pisoteado de muchedumbre piensa cosas.
Trescientas cuadras repetidas le golpean el culo,
el Mono llega a la selva y lo saludan los leones,
el resto de los monos tiemblan de miedo,
pero va duro pensando cosas sin sentido,
luna redonda atajo arriba.

La puerta entreabierta del Tigre Ledesma,
vela encendida en el rojo interior, en la quema,
aturden al Mono los grillos, molestan el tímpano.
Urgido, traga puro moco, avanza.
El Tigre no ruge hinchado en la mesa,
todo blanco de muerte y sales descansa animal, para siempre.
El Mono duda, la fruta escasa y descuidada tienta.

Tiembla, las fieras acechan en algún lugar,
mira un poco más y vuelva a tragar,
no para de tragar raspando la garganta,
El Mono corre al Tigre muerto,
da pena la fruta perdida, el miedo arrecia las ganas.
Corre el Mono por la selva,
le rugen los leones,
sabe que no volverá,
murió el verdulero.
MARIO A. ALONSO

QUE ME RECUERDES

A cambio te pido que me recuerdes.
Una humilde figura desgarbada,
sin caballos ni títulos de nobleza,
mucho menos de color azul,
que es el color de la tristeza.
Basta con que recuerdes mis ojos
en el instante en que te veas en cualquier otra mirada,
o rememores mi boca en algún beso de otra boca,
o que adivines mi cuerpo recostado en el filo de una nube gorda,
de esas que casi tocan el agua de algún río marrón.
MARIO A. ALONSO

que garanticen que el tercer mundo tenga Internet gratuita


... lo que pretendo es que con sus billones pongan a volar
 satélites que garanticen que el tercer mundo tenga Internet
gratuita. ¿No dicen que la Internet garantiza la libertad? ¿No
dicen que el que no tenga banda ancha pierde oportunidades? Pues que nos den esas ventajas, a ver si con eso salimos más rápido del subdesarrollo y la dependencia. Pero no que lo brinden sólo a Cuba, porque eso lo haría imposible de aceptar, sino a los más pobres de la Tierra, a
todo el tercer mundo. ¿No te parece razonable, hermano?

Silvio Rodriguez (http://segundacita.blogspot.com/2011/02/duenos-de-internet-y-presidente-obama.html#comment-form)

domingo, 20 de febrero de 2011

GOTAS DE LLUVIA

Era de tarde, el sol declinaba por el occidente, y de tanto en tanto, unas nubes gordas cubrían la luz del astro con un velo traslúcido que la separaba en cientos de rayos; no se porque pero en medio de mi agnosticismo y sin conocerlo, la imagen me recordaba a Dios.
El cielo estaba conjurando un encuentro; el de dos gotas de agua que se llegarían hasta la cima de la montaña, correrían juntas durante una parte del descenso, y luego se separarían para llegarse hasta el arroyo, y luego al río, y por fin al mar, el océano.


Así son las historias de las gotas de lluvia, siempre llegan juntas, muchas veces se parecen entre sí, y otras veces, de tanto andarse rozando y cosquillándose en la panza de las nubes, algunas se enamoran.
Pero son gotas de agua, y saben que cuando lleguen al océano se van a encontrar con otros miles de millones de gotas parecidas, y se olvidarán de aquella otra que la acompañó alguna vez a mojar las montañas y llevarles el verde en las primaveras.
Así, como todas las demás, llegaron estas dos, hace muchos años, mas de veinte.
Se enamoraron antes de ser lluvia que moja, y cuando al fin la nube se decidió lloverse y mojar los cerros, siguieron juntas.
Y luego, ya en la tierra seca, una y otra se cayeron cerca... ¡que digo cerca!...  se cayeron encima, y rodaron por la cuesta. 
Fueron arroyo crecido junto a otras gotas y así, juntas llegaron al río.


Tan empinada era la montaña, y tan rápido bajaron, que una no pudo pedirle a la otra que la acompañe, y el río y el agua las separó.
Anduvieron extraviadas, juntándose con otros ríos y arroyos, y como gotas que eran, pues formaron chorros de agua, que es la manera en que las gotas se reproducen.
Una no olvidaba a la otra, y en los remansos, que son los lugares donde se duermen las gotas, se soñaban; una soñaba que volvían a ser lluvia y que viajaban juntas. Nunca dejó de recordarla.
Un día, como todas las gotas de lluvia que se caen de las nubes para formar arroyos, ríos, lagos y mares, alcanzaron el océano y volvieron a encontrarse, y se reconocieron, y sintieron en sus pancitas de agua que todavía seguían enamoradas, pero que un océano las separaba y no podían volver a unirse, a la par, apoyándose en el hombro, porque aunque no se note, las gotas de lluvia también tienen hombros donde se apoyan cuando están cayendo. 


Salió el sol por el oriente, enorme y rojo, salio a desperezarse de en medio del agua grande, y como de por sí el sol es muy dormilón, fue a bostezar y levantar un viento de primavera que juntó a las dos gotas que ahora tenían que decidir si seguirían juntas en el océano.
chan chan
MARIO ANGEL ALONSO

ODA AL AMOR

Cada día, en algún momento pierdo la calma, justo cuando tu imagen regresa a mi cabeza.
Entonces ya no importan los vientos ni el frío, solo el intento por recordar cada detalle de tu cuerpo, de tu cara.
En esa distracción me envuelven las musas y los duendes y hacen de mi alma lo que quieren.
Se pasean... Me pasean a voluntad por las tormentosas praderas de la ilusión, exigen recomponer el cuerpo cansado aquel del que ya no caza.
Casi abandonado comienzo a renovar los trajes de batallas pasadas... 
Olvidado de tácticas me enfrento al desafío a tientas, palpando el futuro, sonriendo.
Desando como en sueños años y peldaños...
Me apresto a navegar tempestades, agitado el corazón rejuvenece el alma.
Entonces sé que estoy vivo, con la fantasía de ver callar mi boca que protesta, dentro de alguno de tus besos.
MARIO A. ALONSO

INFANCIA

Los Raimondi eran una familia de agricultores que alguna vez se mudaron a mi pueblo, y como no pudieron olvidarse del campo sembraron hasta en el baldío del fondo, quizá para demostrar que cada pedazo de tierra es un cofre mágico que con trabajo y una llave de semillas se abre para regalar un tesoro de frutos.
La casa del Marito Raimondi, que era mi amigo, estaba justo en la frontera que divide al pueblo en dos, porque Baigorrita tiene un “de este lado de las vías” y un “del otro lado de las vías”; en realidad porque todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires están divididos por las vías del ferrocarril.
Para mí aquella casa era un poco mágica, tal vez porque cuando uno es niño todas las casas guardan algún tipo de encanto.
Después de tomar el Toddy, y partiendo desde la vereda del Hotel de Quico Molinari, cruzando la calle había que atravesar el arenal de la esquina de Doña Cata y Don Carmelo Passarello. 
En aquella esquina me detenía muchas veces a observar como se hundían hasta los rayos las ruedas de los sulkys y charrés en el pequeño desierto que mas que arena parecía líquido.
A la derecha, frente al hotel estaba el baldío del Ferrocarril San Martín, a la izquierda el kiosco de Don Carmelo.
Invariablemente por las tardes iba a comprarle a Doña Cata los chupetines Topolín con sorpresas que si uno tenía suerte le traían un barquito que servía para navegar en el charco del costado de las vías. La vereda del kiosco era de brea, fue la única vereda construida en ese material que yo vi. en toda mi vida. En el verano, cuando todo el pueblo se pone rojo de calor solía pasarme horas rescatando chapitas de gaseosas que quedaban atrapadas en la brea o dejando la huella de mis zapatillas Flecha estampada a perpetuidad.
Un poco más adelante estaba la casa donde alguna vez fuera el bar Chanta Cuatro, mi hogar, el de mis abuelos y boliche de mi viejo, eternamente pintado del mismo color. Una casa con infinitas historias porque como decía, fue boliche, sodería, comité de la Unión Cívica Radical Intransigente, volvió a ser boliche y sodería. En esa misma casa vivió la familia del único del pueblo que nunca volvió de la guerra de Malvinas, mi amigo Miguel Ángel Soriano, que se fue a pique junto con el Belgrano el día del ataque criminal del imperio inglés… pero me voy a apurar un poco porque tengo que llegar a la casa del Marito antes de que los otros empiecen a jugar.
Así, corriendo pasaba por el frente de la casa de mis tíos, Elba y Rodolfo, a veces iba tan apurado que me chocaba un pedazo de riel con la sigla FNGSM que estaba plantado en la vereda y que nunca supe quien, ni porque lo habían puesto allí, pero que seguramente les habrá llegado alguna de mis puteadas. Después de putear seguía corriendo por la vereda de la señora de Ferreyro, la del tapial con el cartel que eternizaba las elecciones del setenta y tres y que decía ALENDE – SUELDO.
Inmediatamente llegaba a la Tienda del Rusito Ostrovsky y justo allí detenía mi vehículo imaginario, lo estacionaba en la puerta y entraba. Se abría entonces ante mis ojos de niño un paraíso de sueños, de un lado y del otro, a izquierda y derecha estaban todos los juguetes que uno le podía pedir a los Reyes Magos, ahí estaba la bicicleta “Aurorita” del Juanca, toda anaranjada, con ese color de tibio fuego que tantas noches ocupó mis sueños y que hacía juego con el color del cabello del Rusito. También estaban ahí Oscar y la señora, como pintados, siempre  tan limpios y ordenados que parecían transparentes, ahí estaba también ese inolvidable olor a géneros que Oscar traía del Once para vestirnos a todos en el pueblo, y estaban Clara y Judith, las dos rusitas que siempre fueron las mejores alumnas del colegio y que nunca tuvieron novio en el pueblo porque según decía la chusma, los judíos se casan únicamente con otros judíos. 
Pero ahí también estaba el Juanca, uno de la barra. Juanca casi siempre estaba haciendo los deberes, porque él también era siempre el mejor alumno. 
Oscar lo llamaba y aparecía mi amigo, con los ojitos azules, transparentes y el pelo color del fuego, con toda la cara llena de pecas, entonces pasábamos a su casa y de una caja de juguetes elegíamos las armas. El escogía el revólver que parecía “denserio” y yo una réplica de una ametralladora Thompson, que no tenía nada que ver con los vaqueros y el Lejano Oeste pero que a mí me gustaba porque era la que usaba Elliot Ness, el de Los Intocables. 
Luego nos íbamos casi volando por encima del piso de pino tea de la tienda, subíamos a las motocicletas o a veces a los caballos imaginarios y nos cruzábamos a lo del Marito Raimondi.
La casa, que antes fue Mercado de Ramos Generales, ocupaba un terreno de cien por cincuenta metros, justo lindante con las vías del ferrocarril, como ya dije, justo en la frontera de éste lado de las vías. Era muy alta, gris, con puertas que parecían ser la entrada de algún castillo y con las ventanas eternamente cerradas por persianas de hierro, de esas que se arrollan. Para subir a la vereda había que hacer saltar un poquito la moto o el caballo porque estaba bastante mas alta respecto de la calle. Después seguíamos a los barquinazos entre baldosas flojas y faltantes de aquella vereda desdentada como casi todas las veredas de Baigorrita y llegábamos a la puerta de la cocina del Marito, pasando por el costado del jardín de Rosita, su madre, que siempre estaba de colores.
Juanca golpeaba la puerta de atrás porque él tenía mas confianza con la familia y a veces hasta entraba por un comedor inmenso con el piso de baldosas con motivos búlgaros de esas que ya no veo más. Llamábamos al amigo y salíamos al patio grande donde estaba el palomar, los galpones y las viejas maquinarias agrícolas de Don Mario, el escenario ideal para nuestros juegos.
A eso de las cinco y media o seis de la tarde llegaba todo el resto de la barra, el Bochita Corro y el Pirulo que eran primos y que además de jugar habían aprehendido precozmente a laburar para arrimar algo de guita a la casa. Después aparecía el Bocha Balbi y al ratito Rubén, el hermano menor de Marito, que tiene la edad de mi hermano Sandro y que siempre llegaba un poco tarde porque iba al colegio al segundo turno.
Ahí mismo nos repartíamos en dos grupos, y éramos de a ratos buenos y de a ratos malos sin ningún cargo de conciencia.

Cuando estaban los dos bandos formados nuestra fantasía nos transportaba al Lejano Oeste, o como decíamos nosotros al tiempo de los “coboy”. Los pajonales del costado de las vías se convertían en desierto y el viejo palomar en montaña del Gran Cañón donde más tarde emboscaríamos a alguien.
- ¡Pám! – sonaba un disparo 
- ¡Muerto el Bochita!, ¡Vamos Bochita salí que ya estás muerto!
- ¡Pám, pám, pám! ¡Muerto el Mario!
Y luego la resurrección y vuelta a repartir los bandos. Mil veces nos sorprendió la noche escondidos entre los pastizales, mil veces le dijimos al Juanca
- ¡Andá Ruso maricón –
Porque tenía que irse a su casa y nos abandonaba en medio de la aventura. Mil veces me calentaron el culo a chirlos por llegar de noche a mi casa, pero aún hoy cierro los ojos y puedo ver, oler y correr como un pibe, puedo sentarme a escribir todas estas cosas y puedo llorar un poco con la dulce nostalgia del recuerdo escuchando al coro de voces que me grita
- ¡Andá Flaco maricón!
Tal vez porque los abandoné en el medio de la aventura de vivir en Baigorrita.


MARIO ANGEL ALONSO